SALA DE ESPERA ESCENA I Una joven mamá de no más de 40 años llegó a la clínica donde yo esperaba. Lloraba y mostraba impaciencia por la situación que vivía. En la recepción explicó que su hija de 13 años se había desmayado en el colegio y que no había comida que parara en su estómago. A mi - en situación de hija todavía - me costó trabajo entender como alguien podía estar tan desesperado por una situación de este tipo, que yo le atribuía sin mayor esfuerzo un desnivel en el azúcar o quizá un virus.
No pasaron más de 15 minutos cuando me sacudió la escena y descubrí que de ser yo quien estuviera en el papel de mamá podrìa estar peor. Su hija adolecsnete llegó pálida y débil a esperar ser atendida. Su mamá, sentada al lado, la abrazaba y llenaba de besos al tiempo que buscaba excusas para hacerla sonreir.
No pude más que resignarme a sentir el escalofrío que dejaba la situación y tragarme un par de lágrimas que se atrevían a salir. ¿Sensiblería? No sé, sólo fue imaginar a mi mamá en el lugar de esta señora. Cualquier mamá quizá andaría igual ante esa una cosa, quizá pasajera, como ésta.
ESCENA IIUna mujer joven con la mitad de un embarazo encima sale de la sala de ecografías y espera ansiosa los resultados. Minutos después llega el sobre a sus manos y no espera un segundo para abrirlo y decsubrir algunas de las primeras fotos de su hijo. Espera semanas ahora, tendrá años de experiencia de mamá después.
ESCENA IIIUna mujer anciana espera algo, un examen, una cita, el asunto no importa. A su lado está su hija, que ronda los 40 o casi 50 años. Se nota su parentesco de lejos, aunque ya en su edad no sean habituales los besos y abrazos. Ellas juntas ahora esperan otra clase de sorpresas de la vida.