SALA DE ESPERA
ESCENA I
Una joven mamá de no más de 40 años llegó a la clínica donde yo esperaba. Lloraba y mostraba impaciencia por la situación que vivía. En la recepción explicó que su hija de 13 años se había desmayado en el colegio y que no había comida que parara en su estómago. A mi - en situación de hija todavía - me costó trabajo entender como alguien podía estar tan desesperado por una situación de este tipo, que yo le atribuía sin mayor esfuerzo un desnivel en el azúcar o quizá un virus.
No pasaron más de 15 minutos cuando me sacudió la escena y descubrí que de ser yo quien estuviera en el papel de mamá podrìa estar peor. Su hija adolecsnete llegó pálida y débil a esperar ser atendida. Su mamá, sentada al lado, la abrazaba y llenaba de besos al tiempo que buscaba excusas para hacerla sonreir.
No pude más que resignarme a sentir el escalofrío que dejaba la situación y tragarme un par de lágrimas que se atrevían a salir. ¿Sensiblería? No sé, sólo fue imaginar a mi mamá en el lugar de esta señora. Cualquier mamá quizá andaría igual ante esa una cosa, quizá pasajera, como ésta.
ESCENA II
Una mujer joven con la mitad de un embarazo encima sale de la sala de ecografías y espera ansiosa los resultados. Minutos después llega el sobre a sus manos y no espera un segundo para abrirlo y decsubrir algunas de las primeras fotos de su hijo. Espera semanas ahora, tendrá años de experiencia de mamá después.
ESCENA III
Una mujer anciana espera algo, un examen, una cita, el asunto no importa. A su lado está su hija, que ronda los 40 o casi 50 años. Se nota su parentesco de lejos, aunque ya en su edad no sean habituales los besos y abrazos. Ellas juntas ahora esperan otra clase de sorpresas de la vida.
Thursday, September 07, 2006
Monday, September 04, 2006

Este blog nace como un homenaje a mi mamá, por ser mi representación inmediata de lo que significa ser madre hoy en día. Y va a ella, como a todas las mujeres que son mamás, por ser los motores de tantas y tan variadas vidas, por ser calor y frío, por ser gestoras de ataques de risas, de lágrimas y de rabietas continuas.
Quizá este pueda convertirse en un punto de encuentro de las diferencias y las similitudes en las relaciones entre madres e hijos, un espacio para ventilar lo que a veces queremos decir y no lo hacemos por temor a las lágrimas, a los gritos y negaciones que puedan surgir o simplemente porque se nos pasa y entonces esperamos a que pase lo inevitable para por fin, entre lágrimas y recuerdos, atrevernos a hablar.
Queda pues este intento por entender, suavizar y conocer las complejas situaciones entre madres e hijos.
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